lunes, 15 de diciembre de 2014

La dualidad catalana, de los 80 hasta ahora:

Mi visión sobre la autodeterminación y soberanía catalana ha ido cambiando a lo largo de mi existencia, especialmente al ir entendiéndola y comprendiéndola (que no compartiéndola).

Cuando era un crío nunca entendía por qué había gente que me preguntaba "Per qué no parles en català?"... mi pregunta primera era ¿y por qué sí?
Era demasiado joven y poco docto para contestarles que era hijo de andaluces, de unos padres que se fueron de unas tierras que no les ofrecía mayores oportunidades a otras tierras que les brindaban un futuro más abierto y con mayores posibilidades. Allí fue donde yo nací, Cataluña. Y no solía hablar o utilizar el catalán como primera opción, no porque lo hubiera elegido yo, sino porque la lengua que se hablaba en casa era el español y me resultaba más cómodo y práctico usar una lengua que había mamado desde nacer para comunicarme y relacionarme con el resto de la humanidad, acción obvia y lógica, no impulsada por ideología, sino por instinto.

Fui creciendo, y la pregunta tan incómoda que en principio me resultaba atacante la iba viendo de otro modo. Sabía contestarla, por lo tanto, no me parecía incómoda, al contrario, podía defenderme de ella. Sin embargo acabé de darme cuenta que tampoco se trataba de un ataque, sino de una especie de curiosidad para conocer mejor a la persona que tenían delante y saber si era amistosa o excluyente.

Se hablaba de "els països catalans" y para hacer referencia a Cataluña, decían "el nostre país"... y yo pensaba... "están chiflados... ¿país? ¿Cataluña? pero si es una comunidad de España...". Poco a poco fui entendiendo que al mencionar "els països catalans" hacían referencia a la Cataluña histórica, la que poseía el Rosellón al sur de Francia hasta gran parte de la Comunitat Valenciana y de la "franja de ponent" en Aragón hasta las Islas Baleares y la zona de l'Alguero en Cerdeña. Esas grandes tierras fértiles gobernadas por notables condes visigodos medievales o franco-balones de la desintegración del imperio carolingio.

Y vas creciendo y vas viendo como la historia que se da en cada región no es la misma. Que sólo en el País Vasco se habla de la historia de un pueblo jamás invadido, que sólo en Cataluña se habla de unas tierras y una patria que nació junto al resto de patrias en la Edad Media, con el sentimiento de tierra, de pertenencia, de vasallazgo, que sólo en Galicia se habla del pasado céltico y la resistencia contra los vikingos, mientras el resto de comunidades adscritas a la reconquista para unos expulsión para otros almorávide por parte de los señores castellanos y leoneses, navarros y aragoneses, se habla de Don Pelayo y ese inicio de lo que en el siglo XVI fue el imperio que no veía ponerse el sol.

Entonces te das cuenta... la gente a la que desde muy muy muy joven les explican las grandes glorias de una tierra, grande, fértil, histórica, que llegó a ser..., poderosa, con notables señores que gobernaban con sensatez, con fortuna, con don, con gallardía, guapos, altos, fuertes, casi imbatibles, buenos... cuando se les cuenta otra historia suelen rechazarla. Tanto si a los de Don Pelayo se les cuenta las grandezas de Jaume I o Guifré o Ramón Berenguer, como si a los de estos últimos se les cuenta las proezas de Pelayo, Sancho, Isabel y Fernando, Felipe II o Carlos III. Parece ser que no acaba de ser una historia conjunta, y la historia conjunta no es tan grande, tan notoria, tan gloriosa. Parece ser que la historia conjunta es una historia de desencanto, de decadencia, de pérdida... de seres imperfectos, de hechizados como Carlos II o cornamentados como Carlos IV y su grotesca familia retratada por Goya, de desastrosos gobernantes que el británico Matthew Tree relata como maníacos enfermos fruto de la mezcla de sangre endogámica real en su ensayo "Contra la monarquía". ¿Por qué sino se iba a hablar de esos reyes fuera de las líneas de la España histórica, mientras se habla de los grandes que llevaron a buen puerto el territorio? La misma historia, enfocada en dos vertientes distintas. Los bombardeos de Barcelona, la represión, la tomada a menos de los carlistas, la evolución de la revolución que no cuaja en un país estancado en la soberanía totalitaria. Aranjuez, Esquilache y todas las grandes ideas que no cuajaron. Unos que quieres avanzar, otros que creen que el avance es una pérdida de privilegios...

Así se rompe todo y se acaba dividiendo hacia la izquierda o la derecha, más aun, hacia la monarquía y la república. Mientras para unos cuantos las siguientes dictaduras fueron la solución a una ruptura, para otros fue el bozal que les impedía hablar y ser. Y podría ser que toda esta ruptura viniera desde la restauración borbónica, desde cuando tenían que elegir entre Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen o buscar del lado de Napoleón III. Al final 10 meses con Amadeo I, quien se fue corriendo a Italia diciendo de España "me ha parecido como estar en la luna". Pero sin duda la fecha que más abrió una brecha en la conciencia catalana fue el 1714, una fecha que jamás olvidarán los nacionalistas catalanes por ser la pérdida total de su identidad. Felipe V acabaría con todo símbolo, identidad, privilegio o derecho y condenaría a esas tierras a no hablar ninguna lengua que no fuera la castellana, a pagar por sus levantamientos, a quedarse sin sus fueros (que Navarra conservaría por ser anticarlista) y, por lo tanto, sin el motor de una economía despuntante por sus industrias indianas y viajes comerciales a las américas. Como herida visible se construiría la Ciudadela en Barcelona, para controlar las revueltas posteriores.

Demasiadas diferencias, eso generó un odio mutuo extraño, obligados a soportarse los unos a los otros. Odio que superaba lo histórico y se fundía con el liberalismo y el progresismo.

Pero eso no es más que historia. ¿Suficiente como para generar un sentimiento de pertenencia? No lo creo. Aunque como se explica la historia resulta muy atractiva, tanto unas hazañas como otras, no me parece suficiente como para enarbolar una u otra bandera en pos de un sentimiento acérrimo.

Continué creciendo. Al estudiar filología en la universidad comprendí el significado y uso primitivo de una lengua, el básico, el mismo que yo sentía desde pequeño cuando abría la boca. Comunicación. Ese es el sentido de una lengua. Y odié a políticos que usaban ese don tan preciado de la naturaleza como arma para defender unas ideologías y posicionarse en contra de otras. Y así, interpretando ataques, a quien hablaba en catalán por haberlo mamado desde pequeño y sentirse más cómodo usándolo se le decía "habla en cristiano, catalufo", como si por hablar catalán fuera un enemigo de Dios (cuando el pueblo catalán también ha estado muy arraigado a la iglesia), y a quien hablaba castellano se le decía "fascista", por el mismo hecho de haberlo hablado desde siempre por herencia, aunque sus ideales fueran completamente contrarios al fascismo.
Ciertamente esos términos peyorativos no son más que la respuesta de un pueblo que ignora que los gobernantes los usan para abrir más la brecha existente y así tener bajo su control a unos u otros. Pero el problema se extiende más allá de la libertad de expresión (a la que muchos faltan cuando obligan a cambiar de lengua por represión, imposición o burla, que no incomprensión).

A lo largo de la historia ha parecido que el sentimiento catalanista respondía a un sentimiento histórico de pertenencia de tierra, cultura, historia conjunta y de lengua. No sé si siempre ha sido así, pero, ahora me parece un sentimiento más de rechazo que de autojustificación. No en vano se dice que el Partido Popular ha sido el mayor generador de independentismo de los últimos años y, si nos fijamos en las protestas, demandas y clamores populares que han ido surgiendo tras la restauración de la democracia, parece ser que ciertamente el independentismo catalán ha tomado fuerza a raíz de las decisiones impopulistas y radicales de dicho partido en el poder.

En ese sentido, pedirían desvincularse de España por no verse representados en ella, por no haber querido ser gobernados de nuevo por una fuerza que no les representa lo más mínimo y que sienten que la mayor parte del resto de territorio apoya por votarla en mayoría.
Los clamores y vítores soberanistas se escuchan más cuando se quiere un cambio, cuando lo existente no cuaja y va en contra de sus intereses.
El odio a lo diferente mueve más que el amor por lo propio, y es por eso que los clamores de patriotismo o nacionalismo surgen con mayor fuerza en época de crisis, porque en esa época es cuando la fuerza de dar un golpe se ve magnificada por la fractura que se ha producido.

Finalmente entiendo que ese sentimiento existe en cualquier lado en el que todos se sientan pertenecientes a algo, un club de fútbol, un movimiento cultural, una ideología, un vecindario, una familia, una escuela, una universidad... cualquier parte o grupo de gente que comparta algo contigo puede vincular una hermandad y puedes sentirte ligado a ello/s. Eso es hermoso, el hacer piña, el querer superarse. Y eso es lo que no acababa de entender, que hubiera ese sentimiento en Cataluña, hasta que finalmente leí su historia, hablé con ellos su lengua, comí su comida, lamenté sus pérdidas, miré con el prisma del pasado su grandeza y leí sus obras. Ya no sólo había nacido en Cataluña, era un catalán. Pero mis sentimientos no se desvinculaban de la tierra de mis padres. Quería un cambio... quiero un cambio... ¡Diablos si quiero un cambio! Pero no quiero usar la excusa del cambio para mandar al pairo al resto de los que quieren remar en la misma dirección que yo para lograr el cambio usando como argumento una independencia que no siento como propia, de la que sin comerlo ni beberlo en la mayoría de ocasiones me veo excluido por que haya grupos que quieran apropiarse y hacer suyo ese sentimiento y esa pertenencia por la dinastía, la "nissaga". Grupos que parecen enaltecer las consignas excluyentes como las de "la sangre" o "la lengua y cultura en la familia". Gente cuya forma de hablar se aproxima más a la Alemania de los 30's que a la Catalunya, y ahora sí lo escribo con ny, plural, cosmopolita y abierta. No vinculada a grupos exclusivos y elitistas, sino una Catalunya que abraza a todos por igual bajo un mismo techo, que no discrimina por su procedencia ni por su lengua. Una Catalunya en la que la palabra "charnego" deja de escucharse y grandes genios como Dalí o Josep Pla no son llamados "botiflers".

Yo sí quiero un cambio, un cambio en Catalunya, pero también para España, porque por encima de eso que llaman patria o nación, yo siento que pertenezco a algo mayor, a algo más sólido e indivisible, a algo más tangible y puro. A mi familia. Y mientras mi familia esté remando en diferentes localidades españolas, yo uniré mis fuerzas a ellos para que juntos cambiemos la bochornosa imagen que el país está dando. Y sé que juntos Podemos.

- Per qué no parles en català?-
- Porque mientras pueda ser libre de expresarme en la lengua que quiera así lo haré.-


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